Desde esta tierra acostada en las montañas,
Venimos a cantar.
Aquí las bestias y los dioses
dejaron sus huellas marcadas en la piedra.
Aquí fue la araucaria.
El volcán.
Aquí pasó el guanaco, el león, el huemul.
Aquí el hombre llegó, anduvo, buscó su alimento.
Aquí el cóndor se llevó la risa de los niños,
para cantar en el viento de los cielos abiertos.
Aquí fue el amor, y después la palabra.
Venimos a cantar.
Esta es la tierra de los pehuenes
clavados en las rocas,
herida hasta la médula en el cajón del Hualcupén.
La tierra que suelta el calor y el azufre en el Copahue,
y duerme
en la cama abierta de la pampa en Lonco Luan.
La que amontona lágrimas de ángeles caídos
en los lagos del sur,
y sube a las pesadas nubes de la nieve en el Domuyo,
y se pierde
entre torres petroleras
en las arenas obreras del esfuerzo,
y cae hacia el mar, con su esperanza,
buscando el alma de los que llegaron antes,
los primeros,
los del primer álamo, el primer eucalipto,
amantes,
amantes antes
que llegaran las palabras,
las mentiras,
el disfraz necesario para el progreso impío.
Venimos a cantar,
Con la alegría de sabernos vivos.
Desde esta tierra acostada en las montañas,
Venimos a cantar.
Estamos abrazados por dos ríos lejanos.
Uno nace de un pedazo de cielo acunado entre cerros.
El otro baja con fuerza de potro desbocado.
Uno detiene su andar en las represas.
El otro apenas si descansa: es indomable.
Vivimos con nostalgias de agua, de humedad fecundante.
Los ríos separados
se encuentran en un puño urbano, humano, despiadado, ardoroso.
Un puño de cemento,
hierro,
aluminio,
un puño de metales y de carne:
Una ciudad.
Un puño intimidante,
y a la vez candoroso.
Con el puño golpeamos el tambor de la tierra heredada:
Venimos a cantar.
Ayes de guerra reclaman un pasado improbable.
El hombre y la mujer han venido a esta tierra sin marcas,
sin señales, sin residuos del odio.
Aquí pasaron los antiguos de la flecha de piedra
Pero también
pasó el español,
el esquimal,
el tártaro,
el italiano,
el ruso,
el inglés,
y las bestias
levantaron el hocico hacia la luna igual que en otros lares.
Que nadie reclame esta tierra generosa:
está reservada para la humanidad completa.
Con dos brazos como ríos abiertos,
Venimos a cantar.
Rubén Boggi
(Este poema forma parte del espectáculo "Desde esta tierra venimos a cantar", presentado en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires, el lunes 24 de mayo de 2010, como parte de la celebración por el Bicentenario de la Revolución de Mayo)
6 comentarios:
Qué maravilla, poder registrar en poesía la inmensidad, variedad y sorpresivas vidas acunadas en estas tierras!!. Un poeta, Boggi, un poeta.
Muy bueno el poema lleno de matices como Neuquén.
Saludos
Muy bueno, pese a que a veces me da ciertos resquemores esto de la "neuquinidad", como si no formáramos parte de un país, pero supongo que pasa en todas las provincias.
Me quedo con eso de:
"Que nadie reclame esta tierra generosa:
está reservada para la humanidad completa".
Estimado Horacio:
No hay nada malo en reivindicar la pertenencia o la identidad de un lugar.
Lo malo es cerrarlo, creerlo propiedad de uno.
Muchas gracias por su comentario.
Coincido. Sucede que a veces, esta pertenencia a un lugar hace que nos atomicemos y perdamos la perspectiva de que formamos parte de un país, con una enorme extensión, contradicciones y diferentes puntos de vista, pero país al fin y al cabo.
Gracias por responder mi comentario.
Saludos
¡Cuánto celebro tu camino recorrido por los senderos de la poesía! Si como afirmó un ruso "la Belleza salvará al mundo", vos vas contribuyendo para que Ella recorra los senderos con tu Poesía Desde La Patagonia.
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